• Andrea de la Olla

La dieta y yo

Ha corrido bastante agua bajo el puente de mis dietas. Épocas de bajones y de pum para arriba. Desde intentos mágicos de la prensa rosa y amarilla hasta visitas a nutricionistas y grupos de autoayuda. A veces el espejito me decía “sos la más linda del mundo” y otras veces me descubría bruja. En otras ocasiones, las chismosas eran las escaleras. Con dos o tres décadas encima algo no funciona si una se agita al subir veinte míseros escalones. Falta gimnasia y sobra peso. Falta dedicar tiempo para mí o sobra comida. ¡Qué hago!

Hubo dietas que funcionaron como violín, pero al repetirlas ya no tenían magia. ¿Por qué? ¿Me aburrí de la dieta? ¿Qué pasa que no me puedo dejar de tentar con alimentos procesados? Hubo médicos que la pegaron la primera vez, pero ya no la siguiente. ¿Qué pasó? Tuvo que correr bastante agua una y otra vez para que entendiera que hay momentos en que por más que el espejo me ensanche y la ropa me ciña, mi voluntad sigue tan empecinada en darle al chocolate, al dulce de leche, a los snacks comerciales o a lo que sea, que lo único que hago es despertarme con el propósito de cuidar mi ingesta y acostarme con mi objetivo postergado, con la esperanza de que en el mañana no necesite tentarme. Pero también, debemos entender que lo que los comerciales nos muestran no son para nada la humanidad real. Porque todos somos únicos, bellos, aunque debemos ponernos ciertos límites para que nuestra salud siga premiándonos día a día. Límites para comer menos, comer más, comer mejor. Así nos pasa. A todos. Todos vamos paliando nuestras emociones con la comida.

A algunos la ansiedad, la tristeza o lo que fuera nos abre las ganas de comer, no el apetito. A otros nos cierra la panza, nos cae todo mal. Es difícil lograr el equilibrio todos los días, pues en la vida nos pasan cosas. Porque así es la vida. Entretenida. Dinámica. Nos da y nos quita. Nos pone piedras, pozos, montañas. Nos presenta caminos floridos y días diáfanos. Y en esos vaivenes rebotan nuestras emociones. Vamos pum para arriba, pum para abajo. Llegan las insatisfacciones que dan pie a los vicios para “torturarnos” o “premiarnos”: comer, fumar, drogarse… para sentirnos mejor. Obviamente por poco tiempo, pero para sentirnos “mejor”. Autoengaño permitido. Placer que intenta reemplazar lo que nos molesta. O hacernos olvidar por un rato.

Pasan los años y el cuerpo también pierde agilidad, no responde tan dócilmente. Las hormonas no funcionan igual, por lo que el esfuerzo para mantener la figura es mayor y la voluntad va menguando. Porque vamos entendiendo que lo más importante es disfrutar el camino, nos seguimos permitiendo esas cosas que nos dan satisfacción inmediata. Entonces el espejo y las escaleras dejan de ser jueces, elegimos sin culpa los permisos y comprendemos cuándo emocionalmente estamos en el mejor escaño para lograr manejar las tentaciones unas cuantas semanas (o meses) y así mantener a raya la cantidad y la calidad de las comidas. Así es. Debemos estar emocionalmente estables, felices y optimistas para que dejemos de lado el autoengaño y la dieta que elijamos nos permita lograr el objetivo.

No siempre es fácil darse cuenta de que estamos en una temporada fértil para empezar a correr la hebilla del cinturón. Tenemos que mirarnos hacia adentro. Meditarnos. Hacernos huecos en nuestra atiborrada agenda y planificar actividades placenteras, de esas que nos hacen equilibrar las emociones. Si no nos sentimos seguros, no forcemos, la dieta no llegará a buen puerto. Mejor busquemos ayuda para salir del trance. Si nos sentimos bien, estaremos en una planicie con el camino florido y soleado a nuestros pies sintiendo que sí podemos manejar nuestra voluntad para achicar/agrandar el plato de comida y para disfrutar de opciones naturales porque nuestro cuerpo no necesita del placer inmediato para tapar las emociones negativas. Así entramos en la espiral positiva, la motivación de que la balanza vaya acercándose al peso que queremos y el espejo vuelva a ser nuestro amigo. Y como broche de oro, la actividad física que nos despeje y nos llene de alegría: caminar, bailar, jugar con los chicos, el deporte que soñamos… para también amigarnos con las escaleras.

De ahora en más, mirate hacia adentro, sincerate y preguntate: ¿es el momento para cuidarme sin culpa?

#alimentos #prevencion #salud

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